Por Juan Guillermo Mendoza Castaño
Luces, pólvora, música, dulces, deslizadas sobre cartón en el "morro", comidita de papas semicrudas empapadas de aceite, escondites en el "chuzmero"... y hasta una hora más de juego de cuando en vez que autorizaba mamá con un grito desde el balcón de la casa después de muchas súplicas. Así transcurría el tiempo de vacaciones que nos daban en la escuela a fin de año mientras se acercaba el inicio de las "Novenas de Aguinaldo" donde Tina y Pepita. Un pesebre grande con olor a musgo fresco, con muchas figuras, bombillitos de colores y una estrella refulgente daba paso a la navidad.
Leyendo a media marcha las "Aspiraciones" nos moríamos de la risa con "niño tan pechocho", "la oveja bizca" y "el cordero menso"... risa que tratábamos de tragar con esfuerzo o que sujetábamos entre los dedos cuando daba asomo el ceño fruncido, el seseo o el dedo en la boca de cualquier adulto presente indicando silencio.
Lo mejor de todo eran los confites y galletas repartidas al final, o el mayor y más apetitoso bocado compuesto por manjar blanco, hojuelas y dulce de brevas que "engullíamos" de un solo tirón para seguir jugando y que se dejaba para el 24 como signo de fiesta y algazara. Ese día, el día más importante por el nacimiento del Niño Dios, elevábamos globos hermosos elaborados por los chicos más grandes, cada uno tomaba de una punta pero ni eso servía para protegerlos de tan cruel final, era una fortuna que no se quemaran, de cinco tal vez se salvaba uno y ese se llevaba todos los honores y aplausos.
Papá escondía el Niño Jesús varias veces en la noche envuelto en uno o dos billetes máximo y a buscar se dijo. Los más pequeñitos nunca lo encontrábamos pero esperábamos con locura verlo en vivo y cerquitica cuando trajera nuestro regalo que eso sí... nunca coincidía con lo que le pedíamos. -Que Niño tan distraído, no escuchó nuestras peticiones, sería el mal comportamiento o por reírnos en las novenas, - tal vez por eso - ... en todo caso nos acostábamos con el firme propósito de "cogerlo con las manos en la masa", de sorprenderlo "chiquitito", en forma de ángel o humo blanco, entrando por la ranura de la puerta, por el techo o por alguna de las ventanas; pero siempre nos vencía el sueño y el único rastro de que había estado de visita era "el traído" que mágicamente aparecía envuelto en la cabecera de la cama o debajo de la almohada. No era como el regalo de otros niños...No!, y sí que comparábamos y mucho pensábamos pero igual lo disfrutábamos: carros de plástico, patines expandibles, muñecas monísimas de cachetes colorados, estralandias y hasta la acostumbrada "pinta nueva".
Aunque nunca lo vimos ni atrapamos, pudimos enterarnos, unos más pronto, otros al ocaso, que el Niño Jesús que cada año esperábamos con impaciente anhelo era el más bello, tierno, grandioso, pícaro, dulce, maravilloso y generoso Niño Jesús que jamás se haya conocido: eran PAPA y MAMA.
Luces, pólvora, música, dulces, deslizadas sobre cartón en el "morro", comidita de papas semicrudas empapadas de aceite, escondites en el "chuzmero"... y hasta una hora más de juego de cuando en vez que autorizaba mamá con un grito desde el balcón de la casa después de muchas súplicas. Así transcurría el tiempo de vacaciones que nos daban en la escuela a fin de año mientras se acercaba el inicio de las "Novenas de Aguinaldo" donde Tina y Pepita. Un pesebre grande con olor a musgo fresco, con muchas figuras, bombillitos de colores y una estrella refulgente daba paso a la navidad.
Leyendo a media marcha las "Aspiraciones" nos moríamos de la risa con "niño tan pechocho", "la oveja bizca" y "el cordero menso"... risa que tratábamos de tragar con esfuerzo o que sujetábamos entre los dedos cuando daba asomo el ceño fruncido, el seseo o el dedo en la boca de cualquier adulto presente indicando silencio.
Lo mejor de todo eran los confites y galletas repartidas al final, o el mayor y más apetitoso bocado compuesto por manjar blanco, hojuelas y dulce de brevas que "engullíamos" de un solo tirón para seguir jugando y que se dejaba para el 24 como signo de fiesta y algazara. Ese día, el día más importante por el nacimiento del Niño Dios, elevábamos globos hermosos elaborados por los chicos más grandes, cada uno tomaba de una punta pero ni eso servía para protegerlos de tan cruel final, era una fortuna que no se quemaran, de cinco tal vez se salvaba uno y ese se llevaba todos los honores y aplausos.
Papá escondía el Niño Jesús varias veces en la noche envuelto en uno o dos billetes máximo y a buscar se dijo. Los más pequeñitos nunca lo encontrábamos pero esperábamos con locura verlo en vivo y cerquitica cuando trajera nuestro regalo que eso sí... nunca coincidía con lo que le pedíamos. -Que Niño tan distraído, no escuchó nuestras peticiones, sería el mal comportamiento o por reírnos en las novenas, - tal vez por eso - ... en todo caso nos acostábamos con el firme propósito de "cogerlo con las manos en la masa", de sorprenderlo "chiquitito", en forma de ángel o humo blanco, entrando por la ranura de la puerta, por el techo o por alguna de las ventanas; pero siempre nos vencía el sueño y el único rastro de que había estado de visita era "el traído" que mágicamente aparecía envuelto en la cabecera de la cama o debajo de la almohada. No era como el regalo de otros niños...No!, y sí que comparábamos y mucho pensábamos pero igual lo disfrutábamos: carros de plástico, patines expandibles, muñecas monísimas de cachetes colorados, estralandias y hasta la acostumbrada "pinta nueva".
Aunque nunca lo vimos ni atrapamos, pudimos enterarnos, unos más pronto, otros al ocaso, que el Niño Jesús que cada año esperábamos con impaciente anhelo era el más bello, tierno, grandioso, pícaro, dulce, maravilloso y generoso Niño Jesús que jamás se haya conocido: eran PAPA y MAMA.


1 comment:
OTRA COSA QUE FALTA ES DEFINIR LO DEL COLOR DE LAS FLORES... PARA TENERLO PRESENTE. MUA MUA. JUANCHIS.
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