Por Luz Amparo Mendoza Éramos demasiado pequeños y todo nos lo creíamos.
Esperábamos con inquietud las tardes para poder saborear las ricas tortas que nuestra madre preparaba con tanto sigilo, en aquel molde de aluminio que parecía un crisantemo repleto de pétalos.
Un trozo grande de torta con leche, y ese sabor húmedo y dulce que se derretía deliciosamente en la boca al encuentro de las pasas y la cubierta tostadita que siempre dejábamos para el final, se convertía casi siempre en un ritual inaplazable.
Y cómo no recordar las manos gruesas y pequeñas de mamá pintadas de muchos lunares, sumergidas en una olla grande amasando aquel cubo de mantequilla que se iba volviendo granulosito con el azúcar y la vainilla mientras se resbalaba entre los dedos, para luego hacerlas girar prodigiosamente hasta que casi por arte de magia, aquellos ingredientes de formas y texturas y colores tan variados se convertían en abundante crema, suavecita, tanto, que era imposible resistir meter el dedo en la olla y hurtar lo que su velocidad pudiera evitar la pupila.
Después de engrasado el crisantemo, la cremocita masa, inevitablemente, iría a caer allí como cataratas que se doblan una sobre otra con la esperanza de duplicar su estatura en la boca del dragón que la espera con su fuego. No faltaba quien se peleara la olla o los dedos de mamá para no dejar huella alguna de la rica mezcla. Duplicar su estatura exigía evitar hablar, hacer ruido, correr o escuchar música, mientras la torta permaneaciera en el horno, y así, un trozo más grande podríamos comer.
Asomarse a la ventanita del horno era una tentación, y el aroma que de allí se desprendía embriagaba de tal manera el ambiente, que una y otra vez éramos regañados por la algarabía, la cual nos prohibían hacer y terminábamos cuchicheando y caminando en puntas de pies para que la torta pudiera crecer. Éramos demasiado pequeños y todo nos lo creíamos.
Cuando la torta salía de la boca del dragón, había cumplido su misión: cocinarse y subir muy alto, lista para el paladar. Con cuánta ansia esperábamos este momento!!! Cuánto tiempo tenía que transcurrir...y tan lento que pasaba. Después de introducir hasta el fondo el cuchillo, método acostumbrado para probar el éxito de la misión, si no salía untado y quedaba como un espejo, ya estaba lista.
Para nuestra sorpresa y decepción, inútil había sido guardar silencio durante una hora y media o dos porque la torta siempre tenía un final igual: como capa téctonica en grietas que simulaban abismos se hundía. Las preguntas no faltaban: ¿pero...qué pasaría...? A lo sumo el polvo royal estaba pasado. ¿Pero por qué se asentó? Hasta llegábamos a pensar que hubo de ser fatal meterle los dedos.
Y así asentada y todo y sin el pedazo tan grande que habíamos soñado, nos comíamos con las ganas disueltas en la saliva la rica torta de mamá, torta para la que habíamos guardado silencio mucho más largo que el silencio que acompaña a la “Diana”.
Esperábamos con inquietud las tardes para poder saborear las ricas tortas que nuestra madre preparaba con tanto sigilo, en aquel molde de aluminio que parecía un crisantemo repleto de pétalos.
Un trozo grande de torta con leche, y ese sabor húmedo y dulce que se derretía deliciosamente en la boca al encuentro de las pasas y la cubierta tostadita que siempre dejábamos para el final, se convertía casi siempre en un ritual inaplazable.
Y cómo no recordar las manos gruesas y pequeñas de mamá pintadas de muchos lunares, sumergidas en una olla grande amasando aquel cubo de mantequilla que se iba volviendo granulosito con el azúcar y la vainilla mientras se resbalaba entre los dedos, para luego hacerlas girar prodigiosamente hasta que casi por arte de magia, aquellos ingredientes de formas y texturas y colores tan variados se convertían en abundante crema, suavecita, tanto, que era imposible resistir meter el dedo en la olla y hurtar lo que su velocidad pudiera evitar la pupila.
Después de engrasado el crisantemo, la cremocita masa, inevitablemente, iría a caer allí como cataratas que se doblan una sobre otra con la esperanza de duplicar su estatura en la boca del dragón que la espera con su fuego. No faltaba quien se peleara la olla o los dedos de mamá para no dejar huella alguna de la rica mezcla. Duplicar su estatura exigía evitar hablar, hacer ruido, correr o escuchar música, mientras la torta permaneaciera en el horno, y así, un trozo más grande podríamos comer.
Asomarse a la ventanita del horno era una tentación, y el aroma que de allí se desprendía embriagaba de tal manera el ambiente, que una y otra vez éramos regañados por la algarabía, la cual nos prohibían hacer y terminábamos cuchicheando y caminando en puntas de pies para que la torta pudiera crecer. Éramos demasiado pequeños y todo nos lo creíamos.
Cuando la torta salía de la boca del dragón, había cumplido su misión: cocinarse y subir muy alto, lista para el paladar. Con cuánta ansia esperábamos este momento!!! Cuánto tiempo tenía que transcurrir...y tan lento que pasaba. Después de introducir hasta el fondo el cuchillo, método acostumbrado para probar el éxito de la misión, si no salía untado y quedaba como un espejo, ya estaba lista.
Para nuestra sorpresa y decepción, inútil había sido guardar silencio durante una hora y media o dos porque la torta siempre tenía un final igual: como capa téctonica en grietas que simulaban abismos se hundía. Las preguntas no faltaban: ¿pero...qué pasaría...? A lo sumo el polvo royal estaba pasado. ¿Pero por qué se asentó? Hasta llegábamos a pensar que hubo de ser fatal meterle los dedos.
Y así asentada y todo y sin el pedazo tan grande que habíamos soñado, nos comíamos con las ganas disueltas en la saliva la rica torta de mamá, torta para la que habíamos guardado silencio mucho más largo que el silencio que acompaña a la “Diana”.

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